Película: El Odio (Francia, 1995)

Haine

“Si hubieses ido al colegio, sabrías que el odio atrae al odio”.

¿De dónde viene tanto odio? ¿Por qué se genera? ¿Por qué a veces parece ser insuperable?

En parte todos nos creemos víctimas pero actuamos como victimarios. Todos somos responsables, pero todos estamos a la defensiva.

Un cambio de conciencia parece ser el primer paso.

Cuando la desconfianza es el principal motivador, las soluciones parecen lejanas.

Uno de los aspectos más interesantes de esta obra es la “mezcolanza” en un distrito francés donde blancos, negros y árabes empobrecidos parecen coexistir tanto amigablemente como en constante conflicto.

¿Cuál es la solución? Al menos empezar por reconocer que hay un problema.

“Es la historia de una sociedad que cae y que a medida que va cayendo, se repite, para serenarse: por ahora bien… por ahora bien… por ahora bien…”.

La educación, las oportunidades en general, son cruciales, así como la responsabilidad individual y colectiva: cada quien tiene que poner de su parte.

Y, sin embargo, todo puede disolverse en un instante, repitiendo el ciclo del odio, como una rueda que gira hasta el infinito.

“Tenía un amigo que se llamaba Grunwalski. Fuimos deportados a Siberia a los campos de trabajo. Viajamos en el tren del ganado que atravesaba las estepas heladas durante dos días, sin cruzarnos con nadie. Tuvimos que mantenernos calientes. El problema, era para aliviar el vientre. En el vagón no era posible. El único momento en que nos parábamos era para meter agua en la locomotora. Pero Grunwalski era pudoroso. Incluso para lavarse le molestaba. Yo me reía a menudo de él por eso. Entonces, el tren se para y todo el mundo baja para cagar detrás del vagón. Pero me había reído tanto de Grunwalski que prefirió irse más lejos. Cuando el tren vuelve a partir, todo el mundo ha de estar dentro ya que no esperaba a nadie. Pero Grunwalski se había alejado detrás de un arbusto. No había acabado de cagar. Lo vi salir de detrás del arbusto sujetando sus pantalones para no caerse. Intentó alcanzar el tren. Le tendí la mano. Pero cuando me tendía la suya, soltaba sus pantalones, que caían sobre sus pies. Entonces, se los volvió a subir, y reanudó su carrera. Pero cada vez que me tendía la mano, sus pantalones se caían… Grunwalski murió de frío”.

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