Libro: “Los Miserables” por Víctor Hugo (1862) | Parte 3: El Progreso

En el “post” anterior, introduje un poco todo este tema sobre la “revolución” el cual quisiera continuar en esta y futuras publicaciones.

¿Qué significa ser revolucionario? A veces siento que esa palabra no cumple sus expectativas porque todos quieren ser revolucionarios, pero nadie es revolucionario.

A mí me gusta un poco más la palabra “progreso”, aunque hoy en día pareciera que todo el mundo quiere ser progresista y nadie es progresista. Cuando el concepto se convierte en eslogan, se pierde su complejidad.

Pero exploremos esta palabra a través de la lectura y recordando que esta entrada está conectada a las demás:

Napoleón Vs. Wellington

Víctor Hugo nos dice que estos dos personajes no pueden ser más diferentes: donde uno era un genio, el otro era calculador, es decir, de cierta forma, Napoleón era más intuitivo, teniendo una capacidad única para ganar batallas, mientras que Wellington dependía del método, de la preparación y de la planificación.

Waterloo es entonces el “triunfo de los mediocres” y “una batalla de primer orden ganada por un capitán de segundo”.

A Víctor Hugo claramente le incomoda esa idea. Entendámosla así: ¿cómo es posible que Michael Jordan sea derrotado por Kevin Martin? (Lo digo sin ánimos de irrespetar al señor Martin).

El punto es que Wellington por sí solo, no podía derrotar a Napoleón porque no tenía su talento. Por lo tanto, tuvo algo más. ¿Qué? Inglaterra, queriendo decir que el capitán solo no es nadie, el capitán, su ejército, sus costumbres, sus instituciones, y todo lo que representa ese gran Estado fue lo que ganó.

Yo creo que Víctor Hugo a veces subestima la capacidad de preparación y trabajo que tenía Napoleón (o Michael Jordan) y en realidad lo insulta al llamarlo un genio “intuitivo”, como que si el genio fuese un arte que espera a que su musa llegue sin ningún tipo de esfuerzo, cuando en realidad la intuición nos llega por el trabajo elaborado en largos períodos de tiempo, ya que acostumbramos a nuestras mentes a esas condiciones. Con esto no niego la inteligencia innata, pero tampoco subestimemos el trabajo que conlleva convertirse en Napoleón (o Michael Jordan).

A pesar de esta pequeña queja, hago énfasis en el primer punto: lo que el autor quiere resaltar es que Wellington necesitó de una asociación para poder ganar, mientras que Napoleón confiaba en su genio.

¿Por qué esta aclaratoria es tan importante?

Porque muchas veces creemos que las élites son suficientes. Incluso Wellington, según nos dice Víctor Hugo, llamó a su ejército “detestable”. Tal insulto, más que engrandecer al líder, empequeñecía a Inglaterra.

Con esto no se le quiere quitar el mérito a Wellington ni glorificar a Inglaterra como una utopía. Tampoco se nos puede olvidar que el azar también jugó un rol en Waterloo.

No pensemos, pues, al “pueblo” como esta cosa “populista” ni como una clase social. Recordemos que en Francia también hay pueblo.

Lo que debemos concluír es lo siguiente: el capitán solo, no puede. El capitán necesita de una asociación la cual incluye al Estado en general: sus costumbres, instituciones, inteligencia, trabajo, soberbia, métodos, pasiones, etc.

El pasado

A lo largo del tiempo se van formando “falsificaciones” del pasado por culpa de la superstición y de la hipocresía. El pasado a veces defiende sus reliquias en contra del progreso, siendo la libertad lo único que los protege.

Debido a que las costumbres son una institución, se tiende a defender el statu quo representado por el pasado, como que si fuese la única vía posible. Consecuentemente, incluso mejorar se interpreta como una amenaza.

Víctor Hugo utiliza los monasterios como símbolo de un pasado superable porque en vez de ayudar a la mejora de la sociedad, contribuyen a la pereza y el empobrecimiento de la nación. Quizá en la historia fueron “útiles”, pero llegó un punto que representaron un “obstáculo” para el desarrollo, caso en el que la costumbre, en vez de permitir el progreso, alcanzó su techo y no quiso crecer más.

Al contrario, la evidencia nueva es burlada y banalizada. Se impone el capricho.

Víctor Hugo se declara en guerra contra el pasado: no nos podemos arrodillar y rezarle a la sombra.

Quizá la frustración de Víctor Hugo era ver una Francia que seguía regresando a la monarquía en vez de encontrarse con la república de una vez por todas. Décadas después de la Revolución Francesa, la república no se cementaba y, a través de convulsiones sociales, los fantasmas del pasado se imponían gracias a sus supersticiones e hipocresías.

Al decir esto, yo creo que es un error ver la lucha de Víctor Hugo como una que constantemente niega el pasado. Sí, se declara en guerra contra el pasado pero cuando el pasado impone sus nostalgias y melancolías por sobre medidas necesarias para el desarrollo.

No veo a Víctor Hugo como un autor cuyo proyecto sea decir: “el pasado es malo y hay que negarlo en todas sus fases”. Al contrario: realza a Diderot, Rousseau, y Voltaire constantemente; respeta los hechos históricos y los cambios que impulsaron, como por ejemplo la Revolución Francesa y el período napoleónico, entendiendo sus virtudes y fracasos, analizando dónde había que mejorarlos.

¿Es el progreso la negación del pasado?

No, es reconocerlo para poder mejorar.

La batalla de Víctor Hugo de cierto modo es ilustrada: la guerra contra las sombras y a favor de la razón. Esa guerra no es necesariamente militar, sino intelectual.

Restauracion y Revolución

La restauración fue una nación que pidió descanso. Exhausta, quería orden. Las aventuras de Mirabeu, Robespierre y Bonaparte tenían que parar. El cansancio conlleva a la inacción. Al detenerse a tomar aire, también se detiene el progreso.

¿Pero acaso la historia se detiene? ¿Acaso el Estado se detiene?

Si bien la monarquía se creía “garante” del derecho divino, tales conquistas no le pertenecían a una persona o a una familia, sino al Estado. Por ende, al creerse dueña de la nación, perdió y, eventualmente, cayó.

¿Era justo que cayera? Sí. El país debía mejorar. Pero más allá de negar el pasado, Víctor Hugo reconoce los progresos de la Restauración: por ejemplo, la discusión en calma que no tuvo la república durante los años de la Revolución Francesa.

No se trata, por lo tanto, de buscar ángeles y demonios, sino de buscar los hechos. Al problematizar los hechos, encontramos las justicias e injusticias. Yo creo que no se trata tanto del relativismo “todos los gobiernos tienen cosas buenas y malas”. Por algo Víctor Hugo no era monarquista. Lo que pasa es que para que el progreso pueda lograr las mejoras que promete, tiene que estudiar y analizar, no simplemente aceptar las cosas como son. Es decir, el progreso requiere de una forma de pensamiento más compleja que incluye la razón, la investigación, la ética, la dialéctica, el humanismo, entre otras.

Como dije más arriba: no creo que Víctor Hugo nos llame a negar el pasado a favor del progreso, sino que para poder progresar debemos trabajar duro en nuestras indagaciones, superando los dogmas y las sectas.

¿Por qué?

Porque se puede ser “hábil” para crear cosas útiles, pero también para imponer cosas inútiles como útiles. En la vida, no sólo podemos ser “hábiles”.

Aquí también digo, que si bien tendemos a separar las ideas en campos como la Ilustración y el Romanticismo: ¿no es el Romanticismo la continuación de la Ilustración? ¿El Romanticismo no es avanzar, progresar, mejorar las ideas de la Ilustración? Víctor Hugo no negaba el pasado ilustrado: Rousseau, Diderot, Voltaire, también escriben sus páginas. Pero lo que sí hace Víctor Hugo es agregarle conocimiento a sus ideas, construyendo su visión del mundo en capas, criticando a la Ilustración donde fuera necesario, pero sin obviarla como fundamento de su filosofía.

Si el progreso de Víctor Hugo se basara en la simple negación del pasado, Los Miserables hubiese sido un proyecto condenado al fracaso.

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