Película: Caballos de dios (Marruecos/Bélgica, 2012)

caballos de dios

El mundo necesita más películas como esta. Cuando hablo de cine alternativo, a esto me refiero: el otro lado, la otra perspectiva, ¿por qué nunca la vemos? ¿Por qué nos cegamos ante ella? ¿Es la imposición? ¿La manipulación? ¿El libre albedrío? ¿La flojera de pensar? ¿El miedo a pensar?

¿Por qué llenamos nuestros cines y nuestras mentes con la perspectiva de “American Sniper” y nunca vemos los “Caballos de dios”?

Quizá esto suene beligerante para algunos: “ya este me va a hablar de imperialismo y de regular el cine”.

No.

Primero, que el imperialismo no tiene nada que ver con una película como “American Sniper”, la cual no supera los golpes de pecho nacionalistas y los prejuicios. Eso tiene que ver con cultura y psicología porque no consumimos información de manera pasiva sino de forma activa.

Lo que lleva al segundo punto: cine alternativo, ¿significa tener que regular lo que las salas proyectan? No. Precisamente porque la gente ve lo que quiere ver y no ve lo que no quiere ver.

Regular la distribución de películas, al menos en Venezuela, no es más que declararle la muerte a las salas de cine y cementar la industria pirata.

¿Es que no hemos aprendido nada de la escasez de alimentos?

¿Qué más quisiera yo que pedir un crédito y abrir un cine alternativo? Pero mayor estupidez invertir en un país con tal volatilidad económica y hostigamiento gubernamental.

Cuando hablo de buscar lo alternativo, hablo de que la democracia se constituye en base a lo plural en vez de lo homogéneo y uniforme.

Sin embargo, no sacamos nuestras opiniones de las cuatro paredes que le hemos construido en el altar sagrado de nuestras mentes. Son intocables, son irrefutables, son NUESTRAS opiniones y, por lo tanto, no las desafiamos, ¿para qué? Lo sagrado no se blasfema.

Por eso aprovecho este espacio, no para hablar de la trama de esta película sino de su perspectiva política.

¿Cuál es? La de un mundo musulmán estereotipado por los “American Sniper”, problemas invisibles para la simple ideología de guerra.

“¡Los musulmanes son malos y nos quieren matar a todos!”, dicen, pero cuando te acercas ves a poblaciones marginadas, abandonadas por Estados sin instituciones, donde no llega la luz de las ideas sino la constipación de las necesidades.

No, ahí no se habla de Adam Smith ni de Karl Marx, ni de Locke, ni de Voltaire, ni de Rawls, ni de Sen, etc., etc., etc.

En algunos casos, tampoco se menciona a Jesús ni a Mahoma.

El lugar no es ni siquiera un desierto, es un hueco, y en tal hueco, moral y luces no son las primeras necesidades, pero el hambre y la miseria sí lo son.

El trabajo y las condiciones de vida en general son tan precarias que no permiten el desarrollo humano. Las costumbres entonces también quedan a la deriva.

La familia surge como gran institución, el problema es que la familia también está hundida en el hueco. La familia está tan abandonada como el individuo porque la familia tiene las mismas necesidades.

De ahí que los niños queden solos, mientras los padres trabajan horas extras al mismo tiempo que sobreviven la vejez. Por supuesto quieren que sus hijos surjan.

¡Pero cómo!

El pueblo está en un hueco.

¿Y quién saca a la gente de este hueco?

En la historia siempre llega alguien, lanza una cuerda, y poco a poco jala a la gente fuera de las tinieblas. No hay nada mejor que sentirse digno, de sentir que te reconocen, que alguien sabe que existes: y te ayuda, te lanza la cuerda, te saca del hueco, te promete la utopía, el paraíso. Alguien lo hará, alguien aprovechará la oportunidad de amarrar tu gratitud.

¿Quién?

Primero, se asoman al hueco. La gente los ve de lejos, en la cima, al borde del vacío. Pero asomarse no es suficiente, la gente tiene que ver algo extraordinario: el valor, el poder. El 11 de septiembre es un ejemplo de tal acto simbólico porque incluso hundidos en el hueco, los miserables pudieron ver el humo de las torres gemelas. Pero demostrar el poder no es suficiente. El siguiente paso es lanzar una cuerda al hueco y sacar a la gente de la miseria, reconociéndolos y dignificándolos. Aparece el trabajo bien remunerado, la educación, la estructura social, y el vacío moral se llena con el fundamentalismo religioso.

Los huecos se dejaron a la deriva. Todos sabían que los huecos existían. Occidente se asomó, lanzó insultos y bombas. Los terroristas se asomaron y lanzaron cuerdas.

Si occidente quiere ganar, tiene que llevar más cuerdas que bombas.

De ahí la necesidad de debatir las políticas públicas, no en base al capricho sino en base a la realidad.

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