Libro: “De los Medios a las Mediaciones” por Jesús Martín-Barbero (1987)

delosmedios

A mediados del siglo XIX nace el folletín.

El objetivo era reorientar los periódicos hacia el gran público, abaratando los costos y aprovechando las posibilidades abiertas por la revolución tecnológica que permitía pasar de 1.100 páginas impresas a 18.000.

Publicados semanalmente o en las primeras páginas de los periódicos, proporcionaban información de variedades, críticas literarias, reseñas teatrales, recetas culinarias, o todo aquello que no salía en el cuerpo del diario.

Si los folletines no eran libros, tampoco periódicos, ¿entonces qué eran?

¿Surge con el folletín la destrucción de lo literario a manos de la organización industrial y del sucio comercio?

Martín-Barbero nos dice que estas preguntas pueden estar mal formuladas, porque a la hora de estudiar los fenómenos sociales podemos perder mucho de lo que está ocurriendo realmente.

Pensar en las “imposiciones del mercado” nos hace perder de vista a “la gente” y cómo ellos aceptan, adaptan, rechazan, o mezclan los procesos que viven.

En el estudio social, muchas veces se imponen conceptos que pierden de vista los detalles y las complejidades. Por ejemplo: “la dominación de los empresarios” o “las masas ignorantes que no entienden el buen arte”.

Si bien estos factores forman parte de los intercambios, ir de los medios a las mediaciones, significa ir de los emisores a los actores, a donde sea que hayan procesos de “mestizaje” en la cultura.

Los folletines son un buen ejemplo.

Podemos decir que su aparición es resultado de “la organización industrial” y “del sucio comercio” que “impone” sus condiciones en la gente. Y listo se acabó la historia, se impuso el poder hegemónico sobre las masas ignorantes.

Sin embargo, la relación lineal “emisor-medio-receptor” o de dominación: “empresario-folletín-masa ignorante/manipulada” es insuficiente.

Podemos “defender” a los empresarios o “atacarlos”.

O podemos estudiar lo que de verdad estaba pasando.

Las mediaciones en la producción y el consumo del folletín

Hubo un montón de mediaciones que mediaron con otras mediaciones y con otras y con otras que provocaron el producto final.

Comencemos por el hecho de que el editor de folletines no fue solo un comerciante. Además, la remuneración de los autores era precaria y con las nuevas tecnologías se podía producir mucho más. Para producir lo suficiente, se debía escribir contrarreloj.

“¡Ajá, ahí está! ¡Escribían contrarreloj para poder vender más e impulsar su lógica mercantilista para inflar sus salarios!”.

Sus “precarios” salarios, sí: la motivación comercial y el deseo de prosperar en un oficio mal remunerado, son factores, pero no los únicos factores.

El folletinista también le encargaba a un ayudante su redacción o desarrollo, lo que le permitía escribir dos y más folletines a la vez.

“¡Ajá! ¡Me estás dando la razón, empleaban a un ayudante para poder producir y vender más! ¡Todo es una conspiración de los empresarios!”.

Es cierto, sin embargo, quizá no te diste cuenta que ya rompimos varias barreras: ¿cuál era el problema: los empresarios que querían vender más, los autores mal remunerados que querían mejores salarios, la tecnología que permitía producir más, o la disolución de la unidad del autor?

Concha de mango: si quieres entender “el problema”, esa pregunta también está mal formulada, porque estás buscando los “problemas” del folletín y no las “mediaciones”. Sigamos.

Los folletines no tenían el estatuto cultural de los libros, no tenían una bella carátula, de hecho, eran de tan mala calidad, que eran desechados luego de ser leídos. Solo algunas estampas adornaban pocas cocinas. Consecuentemente, nunca pasaban por los lugares “cultos” como las librerías sino que eran vendidos en la calle por repartidores.

La gente pensaba que los repartidores eran quienes escribían las reseñas. De hecho, no les importaba mucho quién las había escrito: eran folletines no bellos libros. Los editores entonces prescindían del nombre de los autores y los autores dictaban las historias a sus ayudantes.

El escritor que no escribía y el lector que no leía

Ese dictado, además, reflejaba una cultura “lectora” que era “oral” más que “escrita”.

Donde había una herencia de siglos que formó una cultura donde el lenguaje “oral” era lo tradicional y el lenguaje “escrito” de manera “masiva” lo novedoso, se encontraba un público mayormente analfabeta o desinteresado por la lectura. Además, muchos de los que sí leían. no lo hacían de manera “individual” y “privada” sino que muchos se reunían en comunidad para que una sola persona leyera en voz alta.

El autor de los folletines, por otro lado y como ya hemos dicho, no era que se sentaba en una computadora como hacemos ahora y se ponía a escribir mecánicamente, sino que le dictaba a sus ayudantes.

Lo que vemos entonces es una literatura que se forma a raíz de una cultura donde el autor habla más que escribe y el lector escucha más que lee.

Pero esto no era una estrategia de “marketing”, simplemente era así, esos eran los rituales, esas eran las herencias y, por lo tanto, esas eran las mediaciones.

Correspondiente a los hábitos de la época, se identifican también cuatro características esenciales que nos ayudan a entender la cultura del folletín:

1) Organización material del texto: Letra grande, clara y espaciada. No es que se hacía la letra más grande y más bonita para que la gente leyera menos y se impresionara con el “espectacular” diseño, pudiendo vender más como resultado de una lógica mercantilista. Hay que ver también lo que pasaba desde lo cultural: la gente de la “cultura oral” no estaba acostumbrada a leer, por lo tanto, se utilizaba esta estrategia para invitar a la gente a leer.

2) Sistema de dispositivos de la fragmentación de la lectura: se escribía en episodios, frases y párrafos. Donde un público tiene de por sí unos hábitos de lectura mínimos, el discurso narrativo debe ser accesible y digerible y debe mantener una serie de lecturas sucesivas sin perder el sentido global del relato.

3) Dispositivos de seducción: organización por episodios y estructuras abiertas, donde la duración y el suspenso te mantienen atento.

4) Reconocimiento: los tres anteriores posibilitan el reconocimiento, ya que son los que hacen posible que el lector popular tenga acceso a la lectura y la comprensión del folletín. El reconocimiento produce la identificación del mundo narrado con el mundo del lector popular, es importante que el lector se identifique con los personajes y los sucesos, el lector entonces “reconoce” los problemas de su comunidad: el crimen, los valores, las aspiraciones, etc.

Conclusiones

Al estudiar el folletín, vemos lo que es ir del “medio a las mediaciones”, ir de lo lineal a lo complejo, donde los usos describen los mestizajes, las diferencias de clases desde los hábitos, los espacios que se ocupan, la competencia cultural, los géneros (reglas, formatos, reconocimiento cultural de los grupos), receptores, negociaciones, etc.

¿Se puede tomar el ejemplo del folletín y explicar nuestra cultura? Por ejemplo, ¿puede explicar el fenómeno del Twitter?

¡No!

Al estudiar los hábitos y los usos, encontrarás respuestas diferentes para cada caso.

En vez de imponerle un concepto a la realidad, deja que la realidad te diga lo que está pasando.

Libro recomendado para quien sea que quiera entender la cultura, las ciencias sociales, la comunicación, el arte, la filosofía de lo popular. Es un libro académico, con descripciones densas, pero uno de los más importantes en la teoría internacional. 

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