Libro: “El Fin del Poder” por Moisés Naím (2013)

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“Un mundo en el cual todos tienen el poder suficiente para impedir las iniciativas de los demás pero en el que nadie tiene poder para imponer una línea de actuación, es un mundo donde las decisiones no se toman, se toman demasiado tarde o se diluyen hasta resultar ineficaces. Sin la previsibilidad y la estabilidad que derivan de normas y autoridades legítimas y ampliamente aceptadas por la sociedad, reinaría un caos que sería fuente de inmenso sufrimiento humano. Siglos de conocimiento y experiencia acumulado por gobiernos, partidos políticos, empresas, iglesias, ejércitos e instituciones culturales pueden perderse a medida que estas instituciones se vuelven inviables y caigan. En algunos casos son organismos nefastos y su desaparición no es de lamentar. Pero también los hay muy valiosos e indispensables para el sostén de indiscutible progreso que la humanidad ha alcanzado. Además, cuanto más resbaladizo es el poder, más se rigen nuestras vidas por incentivos y miedos inmediatos, y menos posibilidades tenemos de marcar el curso de nuestras acciones y trazar un plan para el futuro” (Naím, 2013: 41).

Este párrafo resume bastante bien el argumento más importante de este ensayo de Moisés Naím: no se trata de que el poder esté llegando a su fin (a pesar del título del libro), sino que el poder tradicional, el de las burocracias como fueran definidas por Max Weber, el de la concentración del poder en “megapoderes”, ha cambiado. La Guerra Fría se terminó. Hoy en día, las relaciones de poder son muy distintas a las de antes. Según el autor, la tendencia es a que el poder se degrade gracias a los fenómenos que capacitan a los “micropoderes” a ser más efectivos que antes.

Esos fenómenos se conglomeran en tres “revoluciones”:

1) La revolución del “más”, es muy literal, básicamente significa que hoy en día “hay más de todo”: más Estados, más democracias, más instituciones, más empresas, más medios de comunicación, más gente.

2) La revolución de la “movilidad”, significaría que todos los entes nombrados anteriormente, se transportan más rápido, más fácilmente, y con mayor frecuencia que antes.

3) Y la revolución de la “mentalidad”, tendría que ver con las nuevas expectativas de una sociedad que cada vez está mejor informada y cada vez es más inconforme.

Personalmente, me parece que estos tres fenómenos no tienen nada de “revolucionarios”.

Pero, en fin…

Naím argumenta que esta tres revoluciones son responsables de que el poder de los megapoderes se vea diluido por el de los micropoderes, cuya existencia tiene efectos positivos innegables, puesto que todos sabemos que el poder acumulado en pocas manos puede derivar en autoritarismos, pero si el poder se diluye demasiado, hasta llegar al otro extremo, podremos ir del autoritarismo a la anarquía. Si instituciones tradicionales como, por ejemplo, el poder ejecutivo, el legislativo, y el judicial no pueden actuar, entonces estos micropoderes, a pesar de no contar con los ejércitos más importantes, la mayoría de escaños en un parlamento, o el control de los medios de comunicación tradicionales, serán capaces de convertir a las democracias en “vetocracias”, es decir, su razón de ser será simplemente bloquear, incomodar, asfixiar los sistemas, pero nunca contribuir en la toma de decisiones.

A veces, debo admitir, la proposición de Naím es incómoda: no me cabe duda de que prefiero una contrabalanza a los poderes gubernamentales o corporativistas, que controlan Estados enteros con armas o con dinero, pero muchas veces también estas instituciones representan un beneficio importante para la sociedad, por lo que, cuando un partido pequeño es capaz de secuestrar a un país entero con una ideología radical e irracional, impidiendo que se lleguen a acuerdos importantes para que la humanidad pueda combatir la pobreza, la violencia, y el cambio climático, impidiéndole al gobierno incluso cumplir con sus roles más básicos, o cuando un país hace lo mismo en el escenario internacional, o cuando un grupo de narcotraficantes son capaces de ganar guerras sin ganarlas porque es suficiente con no perderlas, entonces los micropoderes van al extremo contrario del totalitarismo, trayendo consigo el caos.

Las democracias tienen que existir en base al reconocimiento mutuo y la capacidad que tienen sus ciudadanos, por más diferentes que sean, de llegar a acuerdos según los contratos sociales que los interrelaciona. Cuando perdemos esa capacidad de ponernos de acuerdo, porque las ideologías son tan radicales que no permiten el avance de leyes importantes, la humanidad no puede responder con suficiente rapidez y efectividad a los problemas que afronta.

El Tea Party en EEUU, cuya misión declarada fue bloquear cualquier propuesta de Obama. El Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chavez, que sin tener el poder militar y la influencia de los EEUU, logró crear coaliciones como el ALBA y Petrocaribe, cuyos únicos propósitos son resistir y bloquear cualquier propuesta regional liderada por la potencia, por más razonable que sea. Los terroristas que hoy en día son capaces de derrotar a grandes ejércitos sin tener todo su poderío, pues solo deben desgastarlos para arruinarlos financiera o moralmente. Estos son ejemplos básicos de cómo el poder ha cambiado según Naím y de cómo los micropoderes, pueden poner una contrabalanza necesaria, pero también pueden ser secuestrados por alas radicales que no están dispuestas a contribuir en nada.

Ahora, bien, también debo decir, sin que esto sea una crítica al argumento de Naím, sino que pienso lo complementa, hay que admitir que los “megapoderes” como el gobierno de EEUU, las multinacionales, los partidos y sus burocracias, entre otros, crearon estos núcleos de resistencia irracional por su propia negligencia. Cuando el gobierno de EEUU piensa que puede hacer en el mundo lo que se le venga en gana en nombre de la “democracia y la libertad”, dando golpes de Estado a regímenes elegidos democráticamente o bombardeando comunidades de civiles inocentes, sin dar respuesta, o cuando las multinacionales son capaces de dejar en la bancarrota el sistema financiero mundial, dándole bonos a sus altos ejecutivos y sobreviviendo porque son “demasiado grandes para fracasar”, mientras que miles perdieron sus casas, sus trabajos, y sus oportunidades, únicamente porque esos CEOs jugaron póquer con su dinero, o cuando los partidos se vuelven centros de corrupción, de mentiras, de “cogollos” y no le responden a nadie sino a sus intereses personales o incluso a las corporaciones que viven del cabildeo y las donaciones multimillonarias para aprobar los decretos que les conviene, entonces entendemos por qué las burocracias tradicionales presentan cada vez más una resistencia radical auto-generada.

En resumen: en mi opinión, en muchos casos, los micropoderes radicales, proliferan gracias a la negligencia e irresponsabilidad de los megapoderes tradicionales.

De hecho, voy a ir más allá, en múltiples ocasiones, los micropoderes son creados por los megapoderes para representar sus fines, o para hacerle el juego político.

Por ejemplo, cuando “micropoderes” como el Tea Party, son financiados por las donaciones y el cabildeo de “megapoderes”, como la industria del carbón, que se esconde detrás de la corrupción legalizada por “Citizens United”, para apoyar desde las sombras a candidatos presidenciales que parecen estar del lado de la gente, pero que en realidad están del lado de grandes corporaciones, a las cuales no les conviene financieramente que se desarrollen las energías renovables necesarias para enfrentar el cambio climático, ni que se regulen las emisiones de carbono.

Muchas veces los megapoderes crean sus micropoderes, muchas veces las burocracias que se suponen deben ser “el lado bueno de la fuerza” terminan, con su negligencia e irresponsabilidad, contribuyendo a la proliferación de micropoderes radicales.

Creo que a Naím también le preocupa lo mismo: ya no vivimos en un mundo en el que EEUU ni Rusia ni China pueden actuar impunemente, desentendiéndose de las consecuencias de sus actos, apoyando a dictadores (en un mundo donde hay más democracias que nunca, como comprueba el autor), o simplemente imponiendo condiciones a través de la fuerza bruta (como en Irak).

Un mundo nuevo requiere nuevas estrategias, nuevos modos de llegar a acuerdos, de negociar con micropoderes o de recobrar la confianza de la gente que es manipulada y radicalizada por grupos extremistas que hoy en día quizá no sean capaces de “derrotar” a los megapoderes, pero sí son capaces de bloquearles todo y asfixiarlos. Un mundo nuevo requiere que instituciones tradicionales como los partidos políticos, recuperen la confianza de la gente, reformándose y encontrando maneras más efectivas de ejercer el poder.

El libro de Naím es muy bueno. Está argumentado con muchísima objetividad y con una inteligencia crítica que invita tanto a la reflexión como el debate. Nunca podría resumir todos sus argumentos en un post para mi blog.

Por eso, recomiendo leerlo, pero también recomiendo que se vea como una lectura complementaria. Existen otros autores que desde hace décadas han tocado este tema desde distintas perspectivas, por lo que me parece igual de importante leerlos para nutrir los debates.

Jean-François Lyotard, por ejemplo, ya hablaba de una crisis de las narrativas tradicionales en 1979, cuando nos introdujo a “La Condición Postmoderna”.

Zygmunt Bauman, nos habla de una “modernidad líquida”, en la que, ya las instituciones de poder como las corporaciones no son “sólidas” sino “líquidas”, es decir, si bien antes un trabajador podía ser empleado toda su vida por una fábrica o una empresa, hoy en día hay un mayor nomadismo de empleos, bienes, servicios, y capitales, que han degradado y muchas veces derogado el respeto mutuo, así como nuestra capacidad de comprender que nos necesitamos los unos a los otros.

Gilles Lipovetsky, por otro lado, argumenta que vivimos en una “hipermodernidad”,donde cada vez hay más de todo y todo también se mueve más rápido, en un mundo donde la autonomía y el individualismo son paradójicos: si bien podemos ser narcisos, también hemos demostrado que nos podemos comprometer, si bien el cortoplacismo nos hace buscar gratificaciones personales inmediatas, también existe cada vez más un sentimiento de responsabilidad colectiva al largo plazo, como con el cambio climático.

Por último, recomiendo leer el libro de Manuel Castells titulado “Comunicación y Poder” el cual fue mi primer texto comentado en este blog.

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